Según el propio candidato, su acuerdo nacional podría darle al Presidente la facultad de hacer decretos con fuerza de ley, sin necesidad del Congreso. Una figura que se asemeja a las leyes habilitantes con las cuales Hugo Chávez cambió el sistema político en Venezuela.

La simpatía de Iván Cepeda con el chavismo va más allá de lo ideológico. Sus trinos del pasado elogiando a Hugo Chávez como el “arquitecto de un nuevo orden” y a Nicolás Maduro como “digno sucesor” que “trabajará por la paz de Colombia” son la punta de algo más profundo que estamos viendo en plena campaña electoral.
En recientes entrevistas con María Jimena Duzán, en su podcast A Fondo, y con Andrés Mompotes, director de El Tiempo, cuando le preguntan sobre si le apuesta a una Asamblea Constituyente, Cepeda no la niega pero opta por decir que él se inclina por un “acuerdo nacional”.
Pero cuando explica de qué se trata, todo indica que conduce al mismo destino: cambiar el sistema político y sus fórmulas parecen repetir las que utilizó Venezuela para convertirse en dictadura.
Mientras el presidente Gustavo Petro destapó sus verdaderas intenciones y anunció el primero de mayo en Medellín su idea de liderar la convocatoria de una Asamblea Constituyente para cambiar la Constitución de 1991 –a pesar de haber firmado en mármol como candidato que no lo iba a hacer si llegaba al poder–; Cepeda dice preferir un “acuerdo nacional”.
Sin embargo, los dos caminos son dos caras de la misma moneda: si llega a ser elegido Cepeda y no logra armar el “acuerdo nacional”, tendrá de respaldo las firmas para convocar la Asamblea Constituyente, recogidas en su mayoría con el apoyo del gobierno de Gustavo Petro en sus últimos 100 días.
Ambas herramientas pueden llevar al mismo puerto: el cambio de la Constitución de 1991 que ha sido la que garantiza derechos de avanzada, y ha permitido grandes transformaciones sociales y de inclusión en Colombia.
“Sentémonos a hablar y vemos. He participado en procesos de diálogos, sé como se hacen los acuerdos y entre gente que está en posiciones distintas, diametralmente opuestas. Y he visto que es posible llegar a acuerdos. ¿Por qué no podríamos hacerlo aquí y ahora entre los colombianos?”, le dijo Cepeda a Mompotes.

“¿Cómo sería esa invitación?” –le replicó el director de El Tiempo–. El candidato contestó: “Así sencilla, sentémonos a hablar”.
Cepeda advierte además que “el día en que yo sea elegido presidente vamos a comenzar a diseñar el diálogo”. Y él mismo decide explicar quienes harían parte de ese acuerdo: “Hay que decidir una mesa de diálogo en la que están sentados los sectores que tienen la posibilidad de influir el destino de este país de una manera clara”.
Y también precisa: “¿Quiénes son? El movimiento social, los sectores organizados de la sociedad civil, de las poblaciones rurales, que representan a los sectores populares. En segundo lugar, por supuesto, los sectores económicamente más poderosos. También los sectores políticamente más decisorios”.
¿Quiénes los eligen? ¿Cómo los eligen? De eso no habló el candidato del petrismo. Pero pronunció una frase que inquieta: “Y algunos otros que consideraremos para que se sienten o nos sentemos a discutir con el Gobierno”.
Cuando dice “consideraremos” se infiere que sería él y su gobierno quienes deciden los miembros de esa mesa del “acuerdo nacional”. La misma mesa que, según él mismo anticipa, podría decidir darle facultades al Presidente de la República para legislar a punta de decretos.
Cabe recordar, con respecto a los miembros, que en la Asamblea Constituyente que convocó Hugo Chávez, a pesar de que sus seguidores obtuvieron el 65% de los votos terminaron ocupando el 95% de los asientos. Una vez se da rienda suelta a un instrumento como este cualquier cosa puede ocurrir.
Cepeda cuenta con poder embolsillarse a la mayoría del Congreso para propiciar el “acuerdo nacional”, o que conduzca a la Constituyente, como hizo Chávez, que antes de conformar la Asamblea le dio un viso de falsa transparencia a los comicios por el apoyo previo de los legisladores.
En las palabras del candidato se dibuja una hoja de ruta que se resume en tres puntos. Primero, el ya mencionado, el Gobierno elegiría quiénes, cómo y qué temas se discuten en acuerdo —Cepeda ha mostrado en esta campaña un espíritu autoritario al no querer ir a debates y dar escasas entrevistas, según el mismo dijo, bajo “reglas claras”.

Segundo, el vehículo para cambiar la Constitución lo mejor sería, como él mismo dice, que esa mesa de “acuerdo nacional” le diera facultades al Presidente para legislar por decreto. Es decir, el Presidente convierte en ley todo lo que quiera sin tener que pasar por el Congreso. El sueño de los autócratas.
El propio Cepeda lo reconoció en la entrevista citada: “Puede ser que al final de ese camino, no al comienzo, nos pongamos de acuerdo en que hay unos temas pactados y viene un asunto que cómo se implementa, como en todo acuerdo. Entonces para implementarlos hay que incorporarlos a la Constitución y al orden legal”.
El entrevistador lo cuestiona: “Pero eso se pueden hacer con reformas” y el candidato responde:
“O simplemente con un decreto, fíjese usted. Si todo el mundo está de acuerdo le da facultades al presidente de que se haga un paquete de decretos ley que tenga la fuerza de hacer válidos esos acuerdos. Si es así, es más sencillo aún. O también tramitarlos por el Congreso, pero eso es un camino que por mi experiencia le digo, es muy engorroso”.
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